domingo, octubre 01, 2006

Gratuidad ¿Qué podemos dar a los demás?



¿Qué podemos dar a los demás?

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Hernán Narbona Véliz

LA GRATUIDAD ES un valor o un principio difícil de explicar en nuestra sociedad actual.

“El hombre que ha perdido tal sentido de la gratuidad, pronto o tarde se vuelve un decepcionado, un desesperado o un explotador de sus hermanos y acaparador de la creación. El hombre que se constituye en centro absoluto es visceralmente dominador, propietario y homicida. Puesto que su origen, su reposo interior y su esperanza ya no radican en Dios, en la gratuidad del amor creador, se ve obligado a «hacerse» a sí mismo solo, a pulso. Se siente frágil. Tiene miedo. Y enmascarará el miedo y la fragilidad poseyendo, dominando o excluyendo a los demás” Francisco de Asís, testigo de la gratuidad de Dios por Michel Hubaut, o.f.m.

En Chile, perdidas en el colapso social de tres décadas durísimas, durante las cuales se fueron rompieron las confianzas y las bases solidarias de la convivencia, quedaron esas imágenes de infancia, que inculcaban la gratuidad. Épocas en que la buena vecindad se expresaba en invitaciones sinceras para compartir con modestia una taza de té con pan y mantequilla, o repartir frutas a los niños del barrio en una actitud básica de amistad.

El saber dar, la generosidad, estaba fundada en usos y costumbres no contractuales, que animaban el espíritu de los barrios, eran la expresión de afectividad en las relaciones humanas. De nuestras raíces prehispánicas se debe reconocer estilos de convivencia en comunidad, donde la cooperación era la regla. La minga chilota, el cooperativismo, hoy por mi mañana por ti, el malón para organizar una fiesta, eran costumbres que es preciso recuperar y difundir para que la sociedad de consumo pueda ser corregida con ese sesgo solidario que marca la diferencia con el capitalismo salvaje e individualista.

La conciencia de que en Chile se practicaban actitudes de mano extendida, de desprendimiento cotidiano, nos debe animar para reeducarnos en la gratuidad, en la actitud de dar sin esperar una retribución. La gratuidad no necesitaba explicaciones, era una forma de vida en donde las acciones de voluntariado, de apoyo mutuo, eran la savia humanista de una convivencia basada en la confianza, lo que propiciaba formas inapreciables de ayuda mutua.

¿Cómo podemos corregir el modelo neoliberal si estamos entrampados en nuestro propio egoísmo?

“Vamos a mi casa, comparte mi mesa como en otros tiempos. Cuelga tus temores, saca tu paciencia ,luego, conversemos. Mi vino es casero, cálido y discreto puente entre glaciares” (Del poema Reconciliación, libro Miedo al Miedo, 1983).

El presente tiene causas muy claras. El choque emocional que produjo la represión, el soplonaje, la intervención de las juntas vecinales por vecinos encomendados para informar a la autoridad sobre lo que pasaba en el barrio, la destrucción de los sindicatos, el paralelismo sindical, fueron golpes secos y profundos a los sentimientos de comunidad, que habían animado los barrios durante las épocas republicanas. Si recordamos como los vecinos protegieron durante la Ley Maldita de González Videla, a Pablo Neruda, allí a la salida del ascensor del Cerro Lecheros, podremos imaginar los estilos sociales que tuvo el Valparaíso de otrora.

Todo eso se fracturó con el quiebre del año 1973. Veleidades, mezquindades, deslealtades, rompieron la convivencia de puertas abiertas. Luego vinieron las crisis económicas, la cesantía, el miedo inundando la vida diaria. Cambió el alma de Chile, como lo dijera el Cardenal Silva Henríquez. Brotaron en medio de este proceso actitudes heroicas que algún día rescatará la historia, pero también acciones deleznables, que llevaron a la ruptura de ese Chile de confianzas, amical, abierto al forastero, siempre dispuesto a compartir.

A partir de la imposición de una economía de mercado, el consumo se fue convirtiendo en una práctica que estableció símbolos de pertenencia social. Es así como se ha promovido el individualismo, la tenencia de bienes, lo cual ha llegado a ser un elemento clave de identidad y clasificación social, sobre todo para los sectores menos ilustrados de la sociedad.

Por otra parte, la inestabilidad económica y emocional – caracterizada por una aguda cesantía y una triste tendencia a las rupturas matrimoniales- todo lo cual se tradujo en inseguridad. En términos de síntesis, se ha impreso a fuego un estilo salvaje de convivencia, que ha provocado en Chile que el dinero sea el recurso más apreciado y en torno al cual se organiza la convivencia, con la búsqueda de retribución material para todo lo que se pueda ofertar. En la política del bilateralismo, por ejemplo, los voluntariados escasean, los que reparten carteles o los que hacen rayados son asalariados y no voluntarios idealistas.

La caridad incluso se ha convertido en un instrumento para optimizar las ganancias corporativas y obtener rebajas objetivas en la tributación de los donantes. El sistema utiliza esas señales para suplir con acciones privadas lo que era la gratuidad asistencial que el Estado paternalista clásico aseguraba para los sectores populares. Cuando se insertan los criterios de las finanzas privadas en el ámbito de lo público, la gestión asistencial del Estado aparece cruzada por medidores de rentabilidad económica y financiera, que llevan a que toda la acción asistencial del Estado, como educación, vivienda y salud, sean medidas en función económica, entregadas al usuario en función de los recursos disponibles, pero sin considerar el plus que significaría disponer de acciones de voluntariado, generadas a partir de la propia comunidad organizada. Demos como ejemplo, el hecho de que se licite a contratistas privados la construcción de viviendas populares, sin que se considere el trabajo voluntario de los interesados como forma de aporte a las obras y forma de asegurar que no se robe materiales durante la construcción. Antiguamente, las políticas CORVI de construcción era construir con los interesados y los resultados de calidad siguen a la vista.

¿Queda algo gratis en nuestra sociedad?

Esta inquietud que planteo no se refiere sólo a nuestra realidad. El proceso de globalización económica nos enfrenta a una realidad de concentración económica, en donde las corporaciones se desinteresan totalmente por los efectos sociales que sobre las naciones y la naturaleza tiene su accionar que apunta sólo al lucro. El libro ”Economía de Comunión: Propuesta y Reflexiones para una Cultura del Dar" editado por Luigino Bruni, economista italiano, plantea, desde el pensamiento cristiano, los objetivos de una nueva tendencia de pensamiento económico conocida como el Movimiento Focolares (Focolares Movement). La visión del Movimiento es la de una fraternidad universal, en la cuál los humanos en todo el mundo se comporten en hermandad esperando crear un mundo más unido. Para explorar alternativas al capitalismo salvaje y depredador de las corporaciones multinacionales, esta visión propone una nueva forma de gerencia corporativa que refleja motivaciones mucho más idealistas. 700 empresas corporativas han ido suscribiendo un estilo más humano de gestión, sabiendo que esto las distingue y las hace más competitivas.

En Chile, donde los tecnócratas parecen estructurados en las bases conceptuales del modelo heredado, sin luces para imprimir cambios cualitativos, es necesario volver a principios como el de la gratuidad, volver a entregar lo que cada cual puede aportar, sin esperar que se le tase su aporte en dinero, sino dejándolo en la mesa, generosamente, para provocar un cambio de actitud. Se trata de sembrar gotitas de gratuidad en el desierto del egoísmo despiadado de la patria financiera, para provocar gradualmente un cambio hacia acciones cooperativas, de confianza mutua, donde se deje fuera a los sinvergüenzas que nunca faltan, para disfrutar de gestos de humanidad, construyendo juntos, comprando juntos.

En fin, desconcertando al sistema. Hay espacios para ello. ¡Animémonos!

Valparaíso, 01/10/06




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